La señora del quinto bajaba las escaleras aquella mañana de primavera con el mismo poso de dignidad acostumbrado, y todo el viento hermoso que entraba por el portal no era sino una danza trasparente que la cogía para devolverla a la calle, donde era dueña y señora. Siempre me había gustado, y no precisamente porque mi susbconsciente deseara una experiencia con una mujer madura. Me gustaba su forma de andar, su mirada otoñal, pero sensual, su voz y sus manos.
Aquella mañana, como todas, la miré desnudándola, poseyéndo en mi memoria la imaginación de su cuerpo libre al aire. Ella caminaba hac...
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