Estábamos sentados ante el fuego de la chimenea. Mi amigo, de los más íntimos, estaba como recitándome su vida, la parte oculta de su vida. Lo había invitado a mi finca alejados del mundo, recién había enterrado a su madre que un cáncer se la ha llevado a sus juveniles 71 años y por lo que aprecié, estaba con una depresión de caballo. Echados cada uno en un sofá, con las piernas sobre la mesa del centro, con un chupito de ron entre los dedos, había querido contarme algo que parecía su confesión o sus memorias y aunque sin mirarme, como haciéndolo para una audiencia fantasma, empezó su historia...
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