En octubre del año pasado vendimos, mi esposa y yo, un chalet que poseíamos en Valeria del Mar, en la costa argentina y, la compradora, una señora viuda con dos hijas de 30 y tantos años eligió, para formalizar la operación una escribanía de su confianza, ubicada a una cuadra de la plaza San Martín, de Buenos Aires. Al concurrir a la cita para la firma de “testimonio” de práctica, no tenía la mínima sospecha del encuentro con el pasado que me esperaba.
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