Con las primeras notas del saxo, en la oscuridad, mi mano comienza a deslizar la cremallera de tu vestido. Tu respiración se acompasa con el chasquido de los dientes. Luego el vestido de terciopelo negro resbala desde tus hombros, como el aceite, descubriendo tu piel a la luz azul que entra por la ventana. Mi mano atrapa con afán de posesión tu breve cintura, no sin la suavidad que requieres. Acerco los labios a tu cuello, lentamente, hasta a penas acariciarlo, para dejar escapar junto al tu oido una bocanada de aliento, casi un susuro. Entonces tu espalda se crispa como la de una gata en celo...
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