No nos conocíamos de nada, sólo habíamos intercambiado un par de mails
donde nos habíamos confesado alguna que otra fantasía erótica. Tanto ella
como yo estábamos casados y nuestras parejas respectivas no sabían nada de los
mails que nos cruzábamos. Fue ella quien propuso que nos viésemos en un hotel
del centro de la ciudad. Yo no me atrevía, de hecho a ella le costó mucho
vencer sus creencias y encontrarse con un desconocido. Pero después de todo éramos
dos adultos de casi cuarenta años que querían sentir el morbo de lo diferente.
El trato era sencillo y s...
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