Tengo que admitir, que en el momento en el que comienza esta historia, me encontraba en una situación a caballo entre el nerviosismo y la impaciencia. Atrás habían quedado los días en que mi mujer Ana Maria y yo dábamos rienda suelta a nuestras fantasías y perdíamos el pudor ante la web cam para alegrarle la vista al primer internauta que nos pedía cámara por el MSN.
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