Mònica no podía quitarse de la cabeza lo que acababa de hacer y prácticamente
no se dió cuenta de nada hasta que llegaron a un club. Era la típica discoteca
de costa, abarrotada de veraneantes, principalmente extranjeros. Sergi la
condujo hasta la barra. Ella se sentó, sin olvidar que no llevaba braguitas
(ahora guardadas en el bolsillo de él), y que la falda casi no la tapaba. Cruzó
las piernas, decorosamente, pero el efecto era espectacular, largas y morenas,
luciendo en todo su esplendor. Las palabras de Sergi al pedirle un trago largo,
un vodka, la sacaron de s...
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