Apenas habían pasado unos instantes desde que se marchara cuando sonó el
timbre de la puerta de casa. Yo estaba tumbada en mi cama, desnuda, agotada,
todavía con el recuerdo del increíble polvo que me habían pegado. Sin nadie
en casa todavía, me podía relajar y alargar ese maravilloso placer que recorría
toda mi mente y casi mi cuerpo. No tenía ganas de levantarme, pero al segundo
timbrazo no tuve más remedio que hacerlo. Pensé que era él que se le había
olvidado alguna cosa y volvía por ella. Así que, sin muchos miramientos me
puse la camiseta blanca de estar por ...
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