El lujoso Mercedes era conducido con morbosa lentitud. Llevaba las lunas tintadas y especialmente fabricadas para impedir visionar desde fuera su interior. El apuesto chofer alemán, impecablemente uniformado, era agasajado por la cincuentona baronesa, que no cesaba de mamar y engullir su soberbia polla que alcanzaba sus buenos 25 cms. Era una verga rolliza, con las venas marcadas y con un descomunal capullo sólo apto para bocas grandes y glotonas.
La aristocrática mujer ocupaba el asiento de al lado del conductor y bien agachada sobre el regazo del chofer chupaba su falo con tremendas a...
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