En ese verano, era un adolescente, estudiante, de vacaciones de verano, en la ciudad de Santa Clara de Olimar.
Era el pueblo de mi abuela, chiquito y cálido, con sabor a bondad que venía del corazón de sus habitantes. De día, muchas cosas encendían mi pasión: remar y pescar en el río, ir de caza con mis primos y recorrerme ese pueblo en bicicleta.
Por las noches, el clima cálido hacía que nos acostáramos tarde y la tranquilidad y seguridad que daba ese pueblo, el andar con ropas livianas y la relativa oscuridad hacían soltar mi imaginación de adolescente, que deseaba des...
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