El primer domingo de cada mes.
Si.
Y allí estaba, puntual como ella sola solía ser, en el paseo. Por debajo, un mirador donde en ocasiones y en otro tiempo ella se había tirado a algún que otro joven, pero no me importaba.
Vestía faldit por las rodillas, una blusa clara, y una chaquetilla que ya le estaba de más. La besé en la mejilla y miré alrededor, por que no nos viera nadie. Luego descendimos los ciento quince escalones y abrí la puerta. Le mostre el viejo apartamento, apartado de uso ya, con su patio y el recuerdo de bruno, el perro del antiguo inquilino. Buscamos un dormito...
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