A las cinco para las diez.
Aquella noche sentía la cama inmensa, fría, ya eran casi las 10, no tenía mas alternativas que dormir, las calles me resultaban hostiles y los ladridos de los perros de dos patas me intimidaban. El único lugar seguro, las cuatro paredes de ese pequeño cuarto y el ruido de una programación ensordecedora. Sólo había una pequeña luz, una llamada que no llegaba haciendo mas larga la agonía.
La angustia y la desesperación me arrojaron fuera del cuarto, quizá la señal del teléfono no era buena. Al salir observé a un intruso en mis planes, un hombre de treinta año...
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