La apuesta era muy simple: ella decía que se llevaba al camarero al servicio de caballeros y que le obligaría a besarle los zapatos de una manera u otra.
Yo me puse a reír y le dije que eso era imposible. Si lo conseguía, yo me comprometía a hacer lo mismo con la camarera, una chica sudamericana de generosos pechos y caderas que parecía asequible entrar.
Nos miramos, nos dimos la mano y me dijo:
- Acepto la apuesta, pero… si alguno de los dos no cumple su objetivo se convertirá en el esclavo del otro todo el fin de semana –Me dijo con su cara de niña buena.
Por un mom...
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