Allí estaba yo en la habitación de mi hotel en Río de Janeiro, mirando aquella muchacha desnuda, preciosa, rubia, con melena corta, ojos azules, y un cuerpo de cine, del estilo de Unma Turhman, un bombón, con unas tetas divinas, dos conos llenos, elásticos, erguidos, con unos pezones de aureola amplia y que parecían los pitones de un toro. La cintura estrecha, y un triangulo de venus, pura delicia, de esos almohadillados, con un poco de vello, recortadito, que dejan ver la carne que cubre el clítoris.
Y yo sin ganas, creo que tengo que explicar que me pasaba.
Tengo 46 años, no soy un niñ...
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