¡Qué eterna se podía hacer media hora cuando se llevaba todo un mes
planeando una noche, a escondidas en los momentos libres de trabajo, a través
de miradas cómplices llenas de sensualidad, de larguísimas llamadas de teléfono!
Qué insoportables se hacían los últimos clientes de la noche en la farmacia,
el señor que pedía unas pastillas para el dolor de no importa qué, y no
quedaba satisfecho hasta que había hecho a Paqui enseñarle medio almacén. Ana
y Berta tenían que aguantar las risas ante sus jefes, cuando veían la brusca
velocidad con que intentaba despachar a ...
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